El Imperio
El fin de la colonia se anticipa, en el propio período colonial, con la llegada de la Familia Real portuguesa a Brasil en 1808, huyendo del avance de las tropas napoleónicas. D. João VI inició entonces una serie de reformas que, de la arquitectura a la enseñanza superior, de la civilidad urbana a los proyectos artísticos, tendrían que adecuar el país para recibir el Vicerreinado que abrigaba la Corona portuguesa, y que de hecho prepararían su independencia. São Paulo también se beneficiaría mucho con esas transformaciones. Fue en territorio paulista que, el 7 de septiembre de 1822, el heredero del trono portugués, el Príncipe Dom Pedro, declaró la independencia de Brasil, siendo aclamado Emperador con el título Dom Pedro I. Con su renuncia en los años 30, en medio a la agitación política antilusitana, vino el conturbado período de la Regencia que, en la segunda mitad del siglo, con la ascensión al trono de D. Pedro II, daría lugar a un período de inusitado desarrollo y prosperidad del país, principalmente después de la consolidación de la agricultura del café como el principal producto de exportación brasileño.
Fue en esa época que São Paulo pasó a asumir una posición de destaque en el escenario nacional, con el avance de los cafetales, que encontraron el suelo ideal en la tierra roja del norte de la provincia. La expansión del cultivo del café exigió la multiplicación de los ferrocarriles, iniciándose entonces (1860-61) en Santos y São Paulo los trabajos para la construcción del Ferrocarril Santos-Jundiaí, la São Paulo Railway, responsable por el primer tren a unir las dos ciudades. Ese fue un período de grandes transformaciones, marcado por la crisis de la esclavitud que, en 1888, con la abolición de la esclavitud, daría lugar, entre otros hechos, a la llegada en masa de inmigrantes, principal solución para el problema de la mano de obra en la labranza del café.
São Paulo prosperó mucho en esa época y la capital de la provincia pasó por una verdadera revolución urbanística, resultado de la necesidad de transformar una ciudad recatada, poco más que un entrepuesto comercial, en la capital de la nueva elite económica que en la época se imponía al país. A mediados de 1860, la ciudad de São Paulo ya era bien diferente de la antigua ciudad colonial. Los primeros faroles de la calle quemaban aceite de ricino o de ballena y la ciudad ya contaba con un parque público, el Jardim da Luz, que pasaría por extensas reformas al final del siglo. En ese período, a medida que la ciudad se expandía en todas las direcciones, se consolidaba también un núcleo urbano moderno alrededor de algunos marcos simbólicos como la Estación de la São Paulo Railway y el Jardim da Luz. A su alrededor surgieron barrios residenciales de elite como los Campos Eliseos y allí fueron abiertos bulevares al estilo parisiense, como la Avenida Tiradentes. Los ferrocarriles también permitieron que surgiesen nuevos barmigrantesrios populares al lado de la Estación de la São Paulo Railway, como Bom Retiro y Bras, cuya población fue reforzada con la Hospedería de los Inmigrantes.
Los edificios públicos también se multiplicaron: asamblea, cámara, foro, escuelas, cuarteles, cárceles, casas para niños desamparados. Decenas de iglesias, conventos y monasterios aun continuaban, como en los tiempos de la colonia, a extenderse por todas partes. En el área cultural, artistas de circo, actores de teatro, poetas y cantores comenzaron a consolidar su lugar en la ciudad, junto con el primer periódico. Las transformaciones en el período también asumieron otras facetas. La llegada de millamigrantesmigrantes, además de resolver el problema de la mano de obra de la agricultura cafetera, permitió mayor ocupación del interior del estado. Fueron creadas las condiciones necesarias para que pequeñas fábricas, subsidiarias del café, diesen los primeros pasos hacia la industrialización. Con el interior ya integrado al escenario del rápido crecimiento de la provincia, comenzó la preocupación con la construcción de nuevas carreteras, previéndose la interiorización de los cafetales y la prosperidad que sería sacramentada con la República.